Marxismo_fraternidad

Tradicionalmente se piensa que la divisa “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, propia de la Francmasonería, tuvo su origen en la Revolución Francesa, pero la historia es más compleja de lo que a simple vista parece. Al parecer, las ideas de libertad, igualdad y fraternidad aparecen por vez primera en el libro Las Aventuras de Telémaco (1699) de François Fénelon, obra que se inscribe en el género de la literatura política crítica hacia el absolutismo en la etapa final del reinado de Luis XIV. En realidad, el lema “Libertad, Igualdad, Fraternidad” no fue el de la Revolución Francesa. Cuando surgieron las primeras protestas se emplearon muchos lemas, frases y proclamas que servían para dar nombre a las reivindicaciones políticas, sociales y económicas, tanto populares como de la burguesía. En casi todas de ellas era común encontrar “libertad” e “igualdad”, que solían combinarse con otras como “unidad”, “virtud”, “justicia”, “razón” y “fraternidad”. Pero no todos los sectores sociales tenían la misma concepción de la libertad y, ni mucho menos de la igualdad. El lema tal y como lo usamos nosotros apareció en un discurso de Robespierre sobre la organización de las milicias nacionales en 1790, al que nos referiremos más adelante. Este lema se fue imponiendo poco a poco, no sin altibajos, se popularizó ampliamente en la revolución de 1848 y la III República francesa lo recuperó, después de intensos debates ideológicos, ya que la igualdad podía ser interpretada como el camino hacia la nivelación social, algo que no deseaba la burguesía enriquecida, siempre interesada más en la igualdad estrictamente jurídica frente a lo que había supuesto para ellos la Comuna de París, y porque para los más anticlericales la fraternidad se asociaba a la religión.

Pero el tema de esta plancha es precisamente el concepto de fraternidad, vinculado al marxismo como sistema filosófico. Para entender esta proposición nos es útil comprender el porqué de la aparición de este concepto junto con los otros dos en el ideario republicano y cuál ha sido su recepción y actualización dentro de los diferentes idearios políticos más influyentes en el siglo XX.

Debo decir desde ahora que para desarrollar mi tesis seguiré principalmente el contenido de un libro llamado El eclipse de la fraternidad del filósofo Antoni Doménech. Su tema central es la fraternidad, el valor olvidado, “eclipsado” dice Domènech, de la tradición republicana revolucionaria moderna. Domènech muestra que el concepto de fraternidad procede del ámbito familiar, pues hunde sus raíces en la familia, célula de la sociedad del Ancien Régime, en la que no sólo la mujer y los hijos estaban sometidos a relaciones patriarcales de dominación y dependencia, sino también la canalla: artesanos pobres, aprendices, jornaleros, obreros asalariados, yunteros, aparceros, oficiales, aprendices, preceptores y otros familiares de los grandes señores, domésticos de todo tipo, criados, lacayos, campesinos sujetos a servidumbre, etc. La fraternidad revolucionaria pretendía igualar en calidad de hermanos y liberar del patriarcalismo a quienes estaban sometidos a servidumbre política, social o material, y conseguir “la plena incorporación a una sociedad civil republicana de libres e iguales de quienes vivían por sus manos, del pueblo llano del viejo régimen europeo” . Pero el igualitarismo no fue la tónica general de la época, más bien al contrario.  Un buen ejemplo de ello es lo siguiente . Para que la gente sin recursos no pudiera ingresar en la Guardia Nacional, La Fayette diseñó un costoso uniforme, que sólo podían pagar las clases propietarias. Entonces Robespierre pronunció un famoso discurso ante la Asamblea Nacional en el que habló de “libertad, igualdad, fraternidad”, para defender el derecho de todos los ciudadanos a ingresar a la Guardia Nacional. Para Robespierre y Marat el ideal de la fraternidad suponía el acceso de las clases domésticas, subalternas, a la “mayoría de edad” como hermanos ciudadanos de pleno derecho, ideal que cobijaría a todos los hombres emancipados.

Pero demos un largo salto en el tiempo. En la primavera de 1848 hubo insurrecciones en toda Europa continental. El ideal de la fraternidad guiaba a los revolucionarios. “Todos los monárquicos se convirtieron, por aquel entonces, en republicanos y todos los millonarios de París en obreros”, dirá Marx en su artículo “Las luchas de clases en Francia”. En imaginaria abolición de las relaciones de clase, “esta fraternité fue, de hecho, la consigna de la Revolución […] El proletariado de París se dejó llevar con deleite por esta borrachera generosa de fraternidad”. La derrota propició la idea, defendida por una parte de la intelectualidad francesa de la época, de que para defender la libertad había que acabar con las pretensiones de igualdad y con el sufragio universal.

Marx advirtió que la derrota de la Revolución de 1848 demostró que la abolición de las relaciones de clase que suponía la “borrachera generosa de fraternidad”, era una idílica fantasía. Después de 1848, sólo los anarquistas siguieron hablando de fraternidad, pero en un sentido distinto, sin connotaciones políticas. El socialismo marxista hablaría de fraternidad solamente entre los pueblos, también diferente de la fraternidad republicana. No habla de fraternidad, porque una sociedad escindida entre propietarios y desposeídos no puede ser sino falazmente fraterna. A juicio de Domènech, la principal diferencia que media entre el proyecto socialista y el republicano, de Jefferson o Robespierre, es que Marx no considera posible, consolidado el capitalismo industrial, un sistema político republicano, una democracia, de pequeños propietarios libres. Marx afirma que el asalariado debe pedir cotidianamente permiso a otro para subsistir. Con todo, el socialismo es el heredero del ideal de una sociedad fraterna. En el relevo del ideario republicano fraterno por el socialismo se gana y se pierde. Se gana, recordando a Marx, una visión crítica de la falsa e idílica fraternización entre capitalistas y trabajadores. En la sociedad industrial, los millones de obreros no pueden fraternizar con los pocos capitalistas. Entonces el movimiento obrero buscó la autonomía, la organización y la afirmación. Se pierde, sin embargo, la idea, presente en la Revolución del 48, de que los cambios sociales drásticos no pueden ser emprendidos por la clase obrera en solitario.

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Así concluye Domènech, pero no termina el debate filosófico. Tomaremos, para acercarnos a una visión más actual de la idea de fraternidad en la visión socialista de la Sociedad, un texto más reciente, de Victoria Camps aparecido en 2018 en la revista Daimon, en un número precisamente de homenaje a Antoni Doménech.

Nos dice Camps que podría pensarse que la idea de fraternidad se ausentó de los ideales del socialismo que la excluyó por no ceñirse a su concepción de la lucha de clases y que quedo la idea de fraternidad vinculada al republicanismo liberal, hoy en día representado por las ideas del filósofo John Rawls, que ha sido quien se ha acercado mejor a este concepto en su Teoría de la Justicia. Pero, nos viene a decir Camps, citando a Enrique Gil Calvo, que la idea de fraternidad tampoco ha enraizado en la concepción actual del liberalismo, ya que en el liberalismo actual, el eslogan de la revolución burguesa: “libertad, igualdad, fraternidad” ha sido sustituido por este otro: “libertad, igualdad, competitividad”, pues “la fraternidad ha quedado arrumbada en nombre de la competitividad neoliberal”. Las estructuras económicas de ese capitalismo que el socialismo decimonónico combatió con prédicas de fraternidad y armonía, siguen en pie. Lejos de aminorar las desigualdades, las políticas a favor de los derechos humanos y de la justicia no han conseguido sostener el movimiento iniciado tras la Segunda Guerra Mundial a favor de una garantía real de los derechos sociales. El célebre libro de Thomas Piketty, El capital del siglo XXI, nos explica que las desigualdades han crecido más que nunca en los últimos treinta años. Es decir, en lugar de conseguir difuminar las diferencias de clase, se está desmantelando es el estado social.

Camps recupera el concepto de fraternidad para el socialismo en un sentido actual, en una línea de pensamiento no propiamente marxista, ya que la retoma de Jürgen Habermas que, perteneciente a la escuela de Frankfurt, no puede tacharse de marxista aunque fue influido por el marxismo en la formulación de su personal visión filosófica del mundo. Habermas identifica la solidaridad con la fraternidad. Asume que la base de la fraternidad es religiosa, pues todas las religiones aluden a una comunidad de creyentes por encima de las comunidades locales. Piensa que, en la primera mitad del siglo XIX, la idea de fraternidad se fusionó con la de solidaridad, en el contexto de la lucha de clases, donde adquirieron sentido las llamadas a la solidaridad por parte de los movimientos obreros para combatir las relaciones competitivas del mercado. Esas relaciones regulan los intercambios mercantiles, pero son insuficientes como regla de las relaciones humanas por lo que debemos atender a la importancia de conceptos como la solidaridad o la fraternidad.

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