Ante la perspectiva de ponerme a escribir esa plancha para hoy, me pregunté en qué quería trabajar. O qué podrían necesitar o desear mis Hnos y Hnas. ¿Qué sé yo de los deseos y necesidades de mis Hnos y Hnas en lo que respecta a las planchas? Nada.

De hecho, siempre vuelvo a la misma pregunta: ¿para qué sirve una plancha? Seguramente cada uno tendrá una respuesta diferente. Para mí, una plancha sirve para intentar profundizar en la comprensión del mundo y la búsqueda de sentido. Un poco como el trabajo incesante de Penélope, o como en la tabla de trazar de los antiguos Maestros de Obra, definiendo el proyecto antes de su realización. Una plancha también sirve para acercarnos a los Hnos y Hnas,  cada uno en su diferencia, mientras buscamos tender puentes invisibles.

Entonces, ¿por qué elegir la felicidad? ¿No es una pregunta descabellada? El FM busca la verdad, la justicia social, la equidad y un mundo mejor. ¿Qué relación tiene esto con la felicidad? ¿Es el mundo mejor la felicidad? ¿Para quién?

He pensado en la felicidad sin duda porque la época en la que vivimos es sombría, inquietante, vertiginosa —como mínimo tanto como otras anteriores a la nuestra— y esos contornos sombríos oscurecen un poco la noción misma de felicidad.

Nuestros ideales y valores están en peligro un poco por todo el planeta y en nuestros entornos más cercanos. ¿Sabemos hoy qué será un ser humano mañana? ¿Vivirán nuestros hijos y nietos en un mundo a la vez real y virtual donde la verdad y la falsedad estarán en pie de igualdad? ¿En qué planeta vivirán, en qué orden mundial? Estas son solo algunas de las preguntas que seguramente nos interpelan a todos.

En resumen, solo quería preguntarme: «¿y la felicidad en todo esto?». ¿No sería acaso el resultado de una visión muy individualista y egocéntrica de la existencia?

No sé si os levantáis por la mañana preguntándoos si sois felices, y si el hecho de ser masón os hace más o menos felices. Quizás… pero me extrañaría. En general, son los demás quienes a veces se atreven a preguntarnos si somos felices.

Sin embargo, la felicidad o su búsqueda están omnipresentes en la filosofía de todas las épocas, en la literatura, en el cine, en todas las formas de arte, en las canciones y en las expresiones cotidianas. Existe incluso una supuesta «ciencia de la felicidad», y una plétora de libros de autoayuda que ofrecen recetas milagrosas para alcanzar el nirvana.

Entonces, ¿qué es la felicidad? Si me remito a la línea de reflexión que propone el pavimento mosaico, diría que la noción de felicidad solo existe porque existe la infelicidad. ¿Se puede ser feliz sin haber conocido la infelicidad? ¿O se es feliz precisamente porque se ignora la infelicidad, en una especie de despreocupación infantil, antes del conocimiento? ¿Son la conciencia, que hasta hace poco se consideraba propia del ser humano, y la lucidez, que es su corolario, los cimientos de la infelicidad? ¿O nos empujan precisamente a superar ese estado buscando transformarnos? El destino del hombre es trágico, su muerte ineludible, al menos hasta ahora, pero esta perspectiva no impide ni la felicidad ni la alegría; forman parte de la vida y le da sentido.

Sin embargo, ¿se puede ser feliz si se es un habitante de Gaza bajo el fuego de las bombas, una iraní torturada por el régimen de los ayatolás, un intocable muriéndose en las calles de Nueva Delhi o en cualquier otro lugar, alguien amenazado por la subida del nivel del mar o al límite del sufrimiento físico o moral? La lista podría ser mucho más larga aún.

La consecución de la felicidad es ante todo individual. La felicidad no depende exclusivamente de nosotros —al contrario de lo que pensaban los estoicos—, pero lo que depende absolutamente de nosotros es nuestra mirada sobre el mundo, la forma en que lo habitamos y los ideales que perseguimos. Según Kant, la felicidad es una construcción ideal de la imaginación.

¿Se puede medir la felicidad? Sería estupendo tener una receta con los ingredientes necesarios y poder decir, una vez cocinada, si ha salido bien. Nací en Occidente, en un país de clima templado, en una época de paz, tuve acceso a la educación, nunca he pasado hambre ni he sufrido falta de libertad, tengo un techo, no he sufrido discriminación de ningún tipo, no he conocido el desempleo, me encanta mi trabajo, mi familia es estupenda, tengo amigos maravillosos,  y además soy masón. !! Sabemos bien que eso no funciona así. Todos conocemos a personas que reúnen todas las condiciones y todas las apariencias de la felicidad y que, sin embargo, se dicen infelices o, como mínimo, apáticas. No se puede juzgar la felicidad de los demás. En cambio, sí se puede juzgar su infelicidad, al menos si es material y quizá si es espiritual.

Algunos países intentan o han intentado medir la felicidad. En los años 70 del siglo pasado, Bután quiso liberarse de la dictadura del PIB (Producto Interior Bruto) y creó un indicador de la felicidad, el PBF (Producto Bruto de la Felicidad), con los siguientes criterios: un desarrollo económico responsable, la conservación y promoción de la cultura butanesa, la preservación del medio ambiente y el uso sostenible de los recursos. Desde entonces, existe una clasificación mundial de la felicidad medida en 150 países. Desde hace tres años, es Finlandia la que ocupa el primer puesto. Entonces surge la cuestión de la percepción: los finlandeses y los daneses, que antes de ellos ocupaban el primer puesto, no entienden por qué se encuentran en el primer escalón de la felicidad. España y Francia se sitúan entre los 50 primeros, pero España ha retrocedido ocho puestos desde 2019. Y no hablo de los franceses, que tienen una visión extremadamente pesimista de las cosas, aunque los hechos les desmientan. Se suele decir que «los franceses viven en el paraíso mientras se creen en el infierno».

Los criterios de la clasificación son los siguientes: PIB per cápita, riqueza económica y nivel de vida. Apoyo social: tener amigos o familiares en los que contar en caso de necesidad. Esperanza de vida con buena salud: la calidad de la salud física y mental. Libertad de elección: la libertad de tomar las propias decisiones de vida. Generosidad: la frecuencia de las donaciones, el compromiso comunitario y la ausencia de corrupción.

Esta definición pretende ser una definición universal de la felicidad y los criterios reflejan realidades muy diferentes de un país a otro, ya sean de orden geográfico, geopolítico o cultural. No significan lo mismo dependiendo de si uno se encuentra en China, Bulgaria, Guatemala o Rusia. Además, los datos macro recopilados no dicen nada sobre las situaciones individuales y las aspiraciones de las personas.

Creo que la felicidad se mide en comparación con otro estado o en relación con un ideal, una utopía, y no solo satisfaciendo las necesidades básicas del ser humano. La vida necesita algo espiritual, y no me refiero a la religión. No creo que se pueda crear ni concebir la felicidad de las personas en su lugar. La felicidad no se impone. Basta con pensar en las experiencias políticas del siglo XX, que se suponía que iban a traer la felicidad al pueblo, ya fueran soviéticas, chinas, camboyanas o estadounidense en una forma diferente, o incluso ahora en la visión apocalíptica de la felicidad venidera que nos preparan las empresas tecnológicas estadounidenses. 

He conocido a personas al final de su vida. Los he oído decir «he tenido una vida bonita», no «he sido feliz». Quizá esa sea la clave de la felicidad: aceptar lo que es, la luz y la sombra, para intentar transformarlo. Camus escribió: «La felicidad es la victoria sobre uno mismo que el individuo logra cuando decide ser feliz a pesar de que la vida no tiene sentido. Es la negativa del individuo a ceder ni un ápice de terreno a la muerte».

La búsqueda de la felicidad es universal, es incluso el único objetivo de la vida según Aristóteles y, sin embargo, la felicidad parece alejarse cuando intentamos acercarnos a ella. Vivimos en una sociedad centrada en el rendimiento y el éxito material. Se produce un desajuste entre lo que perseguimos y lo que realmente necesitamos. En la década de 1970, los psicólogos Philip Brickman y Donald Campbell definieron el concepto de «cinta de correr hedónica». Este término se refiere a nuestra tendencia a volver rápidamente a un nivel básico de satisfacción, incluso después de un acontecimiento muy positivo. La dopamina nos impulsa a alcanzar nuestros objetivos, pero la euforia que nos proporciona es breve. El cerebro se acostumbra, exige cada vez más y nubla nuestra percepción de lo que es realmente satisfactorio. Por eso hay que volver a lo esencial: compartir una comida, cultivar relaciones humanas auténticas y anclarnos plenamente en el momento presente.

En este sentido, las neurociencias han demostrado, por si fuera necesario, que nada hace más feliz a un mamífero humano que hacer feliz a otro mamífero humano. Cuidar de los demás es una necesidad primaria.

Esto me lleva a la fraternidad que debe unirnos. Y volviendo al tema inicial, el FM y la felicidad, que en realidad era una especie de provocación, no creo que exista una felicidad específica para los FF:. MM:., todos somos hombres y mujeres con aspiraciones comunes que nos han traído a estas columnas, muchas veces por caminos diferentes para llegar hasta aquí. Quizá incluso se podría decir que el masón es un insatisfecho permanente, pero es lúcido, está en búsqueda permanente. La construcción del templo nunca se termina, lo que no impide que podamos ser felices en las columnas y fuera del templo.

En un antiguo ritual que practiqué en otra vida masónica, estas palabras cerraban los trabajos: «Los hombres mueren, las sociedades humanas desaparecen, las civilizaciones se derrumban, el orden eterno permanece». Esta aceptación de la finitud de todas las cosas es para mí una referencia cuando pienso en lo que es la felicidad.

Añadiría: “Conócete a ti mismo y conocerás los dioses y el universo”. El comienzo de la felicidad?

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