Como italiano, el nombre de Giuseppe Garibaldi me acompañaba desde antes de cruzar por primera vez la puerta del Templo. Era el héroe del Risorgimento, el hombre de la barba y la gorra, el “héroe de los dos mundos” que había luchado en Sudamérica y contribuido a la unificación de Italia. Sólo más tarde supe que también fue Hermano, iniciado en una Logia de Montevideo y, años después, Gran Maestro del Grande Oriente de Italia. Hoy, quiero presentaros su figura, no tanto como estatua de bronce, sino como un obrero de la Masonería que puede iluminar nuestro propio trabajo.
Es obligatorio un breve enfoque histórico: nació en Niza en 1807, en una familia de marineros, y desde joven se dejó atraer por el horizonte de la libertad. Comprometido con el movimiento “Giovine Italia” de Mazzini, que soñaba con una península unida y republicana, fue condenado a muerte y obligado al exilio. Pasó por Brasil, donde luchó en la Guerra de los Farrapos, y llegó a Uruguay en plena Guerra Grande, donde se puso al servicio del gobierno de Montevideo y organizó la Legión Italiana. Allí, en esa tierra que no era la suya, empezó a forjarse su fama de “héroe de dos mundos” y, al mismo tiempo, se encontró con la Masonería que marcaría su vida.
Las fuentes sitúan su iniciación masónica en Montevideo, en 1844, en la logia Asilo de la Virtud, y poco después su regularización en la logia Les Amis de la Patrie, que trabajaba bajo los auspicios del Gran Oriente de Francia. No se inicia, por tanto, en una cómoda logia de salón en Europa, sino en un contexto de guerra civil, exilio y precariedad. Es en esa “segunda patria” que él mismo evocará más tarde en una carta al presidente uruguayo Joaquín Suárez —donde se declara orgulloso de su título de ciudadano de la República— donde Garibaldi entra en el Templo y se reconoce como Hermano entre Hermanos.
¿Qué encuentra allí un hombre como él? No una conspiración más, ni una simple red política, sino una comunidad de personans libres y de buenas costumbres, un espacio donde se
habla de libertad sin odio, de igualdad sin envidia, de fraternidad más allá de las banderas. Los nombres de las logias uruguayas de la época —Asilo de la Virtud, Les Amis de la Patrie— ya indican un programa: refugio moral, amistad cívica, patria entendida como proyecto ético. Para un recién iniciado, esto es una primera lección: la Logia no es un club, ni una tertulia, ni una sucursal de ningún partido; es un taller donde se afilan las herramientas interiores que luego se aplican fuera, en la vida profana.
Cuando Garibaldi se despide de Montevideo para regresar a Europa, escribe al H∴ Adolphe Vaillant, de Les Amis de la Patrie, una carta que nos deja entrever su compromiso: pide que se transmitan a la Logia sus adioses, “mis votos por su felicidad y mi esperanza de que, dondequiera que esté en el mundo, seguiré siendo su devoto hermano, siempre dispuesto a dedicarme al Rito Sagrado al que tengo el honor de pertenecer”. En estas palabras no habla el general ni el político, sino el masón que ha entendido que su verdadera patria es también esta Orden de hombres y mujeres que trabajan en torno a un Ara y bajo una misma Luz.
Un mensaje que deja claro su significado: pertenecer a la Masonería encarna el sentimiento de que allí donde la vida te lleve, se mantendrá viva la llama del Rito en tu conciencia.
De vuelta en Europa, la trayectoria masónica de Garibaldi continúa. En 1861 el Gran Oriente de Italia lo proclama “primer masón de Italia”, reconociendo públicamente su pertenencia a la Orden y el vínculo entre los ideales de la Masonería y los principios del nuevo Estado. En 1862 recibe el grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado como distinción, y en 1864 es elegido Gran Maestro del Grande Oriente d’Italia. Desde esa posición, impulsa una Masonería comprometida con la laicidad, la educación popular y el progreso, defendiendo la separación entre Iglesia y Estado y la libertad de conciencia como pilares de una sociedad moderna.


Aquí aparece un segundo aspecto masónico que quiero subrayar: la coherencia entre los principios del Templo y la acción en la ciudad. Garibaldi no se limita a hablar de libertad en sus tenidas; arriesga su vida por ella en el plano profano. Defiende la igualdad de derechos, critica los privilegios de cuna, promueve la instrucción de las clases populares; todo ello está en profunda sintonía con los valores que la Masonería simbólica repite grado tras grado.
Al mismo tiempo, conviene no ocultar la sombra: algunos testimonios muestran que Garibaldi tendía a usar la Masonería también como red de apoyo para sus proyectos políticos, y que su relación con la vida ritual de las logias italianas fue menos constante de lo que cabría esperar de un masón tan exaltado. Esto nos sirve como advertencia fraterna: la Orden no debe ser un instrumento al servicio de nuestras ideas previas, por nobles que nos parezcan, sino una escuela que nos obliga a purificarlas y a someterlas a la prueba de la escuadra y del compás. El templo no es un parlamento, ni una asamblea militante; es el lugar donde, en silencio, nos dejamos interpelar por la Palabra, por el símbolo, por la mirada de los HH∴, y a partir de ahí salimos mejor armados —moralmente— para nuestras batallas profanas.
Hay un tercer aspecto masónico en Garibaldi que quiero compartir con vosotros: su experiencia de doble pertenencia. Él nunca dejó de ser italiano, pero declaró a Uruguay “segunda patria” y se reconoció ciudadano agradecido de aquella república que lo acogió y lo
hizo masón. Para muchos de nosotros, que vivimos lejos de la tierra donde nacimos, esto resuena de forma especial. La Masonería ofrece una tercera forma de pertenencia, simbólica, que unifica las otras dos: aquí, en Logia, italianos, franceses, españoles, catalanes o de cualquier origen nos sentamos bajo el mismo Delta Radiante, caminamos sobre el mismo pavimento mosaico y nos sometemos a la misma Regla de 24 pulgadas. Garibaldi nos enseña que se puede amar intensamente a un país sin odiar a los demás, y que la verdadera fraternidad masónica consiste en reconocer al Hermano incluso cuando viste otro uniforme, habla otra lengua o defiende otras opiniones.
Visto así, Giuseppe Garibaldi aparece ante nosotros no sólo como “héroe de dos mundos”, sino también como Aprendiz perpetuo de la libertad: la libertad exterior de los pueblos y la libertad interior de la conciencia. Aquí, especialmente en el 1º grado, se aprende a desbastar la piedra bruta: a reconocer las cadenas que os habitan —miedos, prejuicios, pasiones ciegas— y a empezar a romperlas con el mazo de la voluntad y el cincel del discernimiento. Mirar a Garibaldi con ojos masónicos es preguntarse cómo pasar de la simple admiración al trabajo concreto: qué cambios pequeños pero reales puedo introducir en mi vida para vivir un poco más de acuerdo con los principios que él llevó hasta sus últimas consecuencias.
Con esta plancha no pretendo lanzar el mensaje de imitar las hazañas de Garibaldi, pero sí que su ejemplo nos incomode un poco. Que nos preguntemos, por ejemplo: – ¿Estoy dispuesto a asumir algún coste por mantenerme fiel a lo que considero justo? – ¿Uso la Logia para alimentar mi ego o para corregirlo? – ¿Vivo mis múltiples pertenencias — nacionales, culturales, ideológicas— como muros o como puentes?
Si esta plancha consigue que alguno de nosotros salga de la tenida con una de estas preguntas clavada en el corazón, habrá cumplido su función. Que el Hermano Giuseppe Garibaldi, iniciado lejos de su casa y reconocido más tarde como primer masón de Italia, nos recuerde que la verdadera victoria masónica no es conquistar territorios, sino conquistarse a uno mismo al servicio de la libertad, igualdad y de la fraternidad.

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