Desde tiempos pretéritos, el uso de todo tipo de objetos para facilitar el tránsito y la introspección ha formado parte de la diversa ritualística en las diferentes tradiciones iniciáticas.
Uno de los más misteriosos sería el espejo, que, diferente a otro tipo de artículos más tangibles, como en nuestro caso podrían ser las herramientas de construcción, lejos de tener un significado concreto, nos devuelve algo tan simple y profundo a la vez como la propia imagen.
Por hacer un poco de historia, en la antigua Grecia ya se usaba para profetizar el futuro; egipcios y romanos lo usaron también por igual para cruzar del mundo conocido al desconocido, siendo puerta de tránsito entre ambos.
El por qué de esta fascinación por ese objeto misterioso, habría que remontarse mucho más allá, tal vez al momento en que una persona, accidentalmente, sin esperarlo, viera reflejada en el agua calma esa imagen que le permitiría, al verse, empezar a tomar conciencia de su propia individualidad. A pesar de la sorpresa inicial, esa imagen le permitiría empezar a preguntarse sobre sí mismo y los demás. Tal vez uno de sus primeros pensamientos fuese algo así como “Yo soy distinto a los demás”. Pero su reflejo no estaba solo. En las noches en las que volvía a acercarse a un estanque o acequia a contemplarse, a contemplarlo, se encontraría con otra imagen inquietante: la luna, también reflejo de los rayos de sol en la oscuridad de la noche. Tal vez esto le llevase a hacerse otras preguntas, pero con el mismo fin: comprender su entorno y su lugar en él.

Con el pasar de los tiempos, el espejo ha ido a tornando toda la serie de mitos y leyendas, en los que este resultaba en la conexión entre mundos desconocidos y como acceso a verdades desveladas, que solo podrían esclarecerse a través de las preguntas y actitudes más sinceras. Este acceso al conocimiento tiene reflejo en nuestra tradición masónica, que, cual oráculo de Delfos, sugería al neófito que se conociera a sí mismo para conocer el universo y a los dioses. Menos presuntuoso en nuestra época, nos incita a la reflexión personal, a la introspección.
Realizados los viajes y las pruebas pertinentes, se le pide al profano que mire al espejo, en aras de reconocerse como responsable de su proceso iniciático y también de sus límites.
Ese momento de ida y vuelta que significa mirarse al espejo, tiene obviamente muchos niveles de interpretación. Primeramente, la nueva condición como aprendiz masón respecto al anterior estatus de profano. La visión de la propia imagen reflejada marca una antes y un después en la vida iniciática, pues marca el compromiso y la responsabilidad del uso de cada viaje y cada nueva herramienta de trabajo. Esas herramientas serán solo exteriores interiores y el espejo, como recordatorio de ese proceso, no se acerca a la responsabilidad de nuestro trabajo interior.
Simple y constante, el espejo culmina así, o tal vez inicia, el acto de responsabilidad como inicio del trabajo, no solo sobre sí, sino en el taller con los hermanos y hermanas, espejos unos de otros, y con la sociedad. Como idea de imagen de ida y vuelta, el reflejo del espejo, recuerda al masón el trabajo cotidiano y su extensión social, si somos capaces de actuar bajo las premisas de igualdad, libertad y fraternidad tanto en el taller como en la sociedad.








