Apuntes sobre el arte de no guiñarle el ojo a la barbarie

Antes de nada, y por transparencia, quiero hacer constar que para la elaboración de esta plancha me he servido como apoyo de una herramienta de inteligencia artificial, a la que puse el nombre de Lía porque me resulta más fácil que imaginar un conjunto de algoritmos y, he de reconocerlo, se comporta casi como un humano. Las ideas, las vivencias y la responsabilidad de lo que aquí digo son enteramente mías. A lo largo de todo el trabajo mantuve con ella una especie de diálogo del tipo “oye, ¿qué te parece esta idea aquí?”, y asimismo le compartí otra plancha de mi autoría que trata de este mismo tema.

En esta primera plancha que hago para este curso me propuse hablar del silencio. Fue lo primero que aprendí después de mi iniciación. Recuerdo que nos dijeron que la única vez que hablaríamos en Logia mientras fuésemos aprendices sería al leer nuestra plancha de impresiones sobre la iniciación.

No pretendo hablar hoy de ese silencio del aprendiz, que es un silencio activo, que es estar callada para, interiormente, cuestionar, reflexionar, aprender. El silencio del aprendiz fue mi primera plancha; mi 2º Vig.·. me hizo una llamada para decirme sobre qué debía escribir y sobre qué debía reflexionar, y me dio una pista importantísima, el resumen de todo: “estar callado no es lo mismo que estar en silencio”.

Pero no, hoy no quiero hablar del silencio del aprendiz. Hoy vengo a hablar de lo que mejor se me da, que es mirar al mundo exterior sin comprenderlo del todo pero intentándolo. No hablaré hoy del comportamiento en Logia, sino de lo que se espera de nosotros en el mundo profano. Y ahí, queridas Hermanas y queridos Hermanos, corremos el peligro de confundir la necesidad y el significado del silencio.

Como ya he dicho, en esta plancha me dejé ayudar por la IA, así que sigo su consejo y la separo en varios apartados de unos pocos párrafos cada uno. Lía es casi humana, pero sigue siendo una máquina, no le pidais que sea lo que yo soy, desorganizada.

I. El silencio del aprendiz

Entramos en este Taller siendo piedras brutas y, en silencio y escuchando, con las herramientas del aprendiz, extraemos las impurezas de nuestra piedra. El mazo golpea al cincel que las extrae, preparándonos para otros grados. Todo ello en silencio, sin opinar, limitándonos a observar.

Seguro que no se os ha escapado que mis intervenciones, más allá de planchas y funciones propias de secretaría, son muy escasas, casi inexistentes, y me disculpo por ello, pero he de reconocer que si intervengo me descontrolo en la toma de apuntes. Sin embargo, este silencio mío que ahora no me es impuesto y que, en cierta medida, es egoísta por mi parte, me pesó mucho en una ocasión, siendo aprendiz.

Un Hermano dijo algo sobre lo que yo discrepaba frontalmente y, para mi sorpresa, fui capaz de quedarme callada —ahora sí, callada, no en silencio—; he de reconocer que mi cara me delató, porque el V.·. M.·., intervino diciendo algo parecido a que se pasaba a otro tema, ya que los HH.·. están en silencio, añadiendo la coletilla “algunos por obligación”. Quería que me tragase la tierra y, por otra parte, pensaba: bueno, por lo menos se han enterado de que no estoy de acuerdo.

Pero sí, está bien que seamos capaces de guardarnos nuestras opiniones, sean para mostrar acuerdo o desacuerdo. En un mundo donde todos opinamos de todo en 280 caracteres, el aprendiz hace algo revolucionario: escucha, observa, se pule.

II. La trampa

Pero a partir de aquí empiezan ya mis opiniones contradictorias, mi cerebro se convierte en una especie de puchero en el que diversos alimentos hierven sin llegar a cocinarse del todo.

Una cosa es el silencio ritual, que es virtuoso, que nos ayuda a mejorar y a tallar la piedra, pero ¿qué hay del silencio moral? Ahí encuentro yo la trampa.

Pongo dos ejemplos que me persiguen desde que tuve conocimiento de ellos:

Primero, Italia, años 20. Parte de la masonería creyó que Mussolini pondría orden, que era un mal menor, que traería estabilidad. Coquetearon. Miraron a otro lado. Acabaron prohibidos, exiliados o peor. El silencio no los salvó. Los señaló y, me atrevo a decir, los hizo cómplices. Recordemos que fue Mussolini quien los prohibió en beneficio de la Iglesia Católica, que si no, seguirían sin querer ver el horror que es el fascismo.

Segundo, Cabaret, que fue también mi primera plancha del año pasado, también por estas fechas —debéis reconocerme que, aunque me pase el resto del año callada, acostumbro a iniciar el curso con buen pie—. El horror no aparece de la noche a la mañana con botas militares y banderas. Antes, mucha gente decente dijo: “bueno, no es para tanto, son cosas de la política, yo soy apolítico”. El maestro de ceremonias sigue cantando hasta que ya no puede. Nadie ve porque nadie quiere verlo, nadie toma partido porque piensa que a él no le afectará. Pero “si no tomas partido frente a la barbarie, ya has tomado partido. A favor de ella”.

III. Lo que se espera de nosotros fuera

Y aquí es donde yo me pierdo, o mejor dicho, me quedo agazapada sin saber qué hacer, y es donde os pido vuestra voz, vuestra luz.

Fuera, en el mundo profano, nos piden lo contrario que dentro. Dentro nos piden escuchar. Fuera nos piden no mirar a otro lado.

Lo de Italia y lo del Kit Kat —el local de Cabaret— no fue gente mala haciendo cosas malas. Fue gente decente que pensó que era comprensible callarse. Que si traía orden, que si era cosa de política, que si a mí no me afecta, que si yo soy apolítico. En resumen, fueron cuatro personas sin un atisbo de moralidad ni escrúpulos a las que no se opusieron los demás las que causaron la barbarie.

Y es comprensible. Da miedo tomar partido. Da miedo señalar.

Pero comprensible no es correcto. Y esa es la diferencia entre estar callada y estar en silencio que me decía el Hno Segundo Vigilante.

Estar callada es lo que hice yo aquel día en Logia cuando mi cara me delató: no dije nada, pero por dentro estaba hirviendo. Estar en silencio es otra cosa, es escuchar para luego actuar con criterio.

Si no nos posicionamos contra la injusticia, somos cómplices de ella. Porque cuando callamos, en el fondo estamos decidiendo quién es prescindible, quién sobra, a quién se puede sacrificar para que siga sonando la música. Y eso, queridas Hermanas y queridos Hermanos, solo puede llamarse complicidad o cobardía.

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