“César venció a los galos, ¿no llevaba siquiera cocinero?” Cuestiona con sorna Brecht en “Preguntas de un obrero que lee”. Quizás sea hora de dejar de creer en cuentos heroicos y caer en la cuenta de que la historia avanzó, no gracias a quien estuvo en un momento decisivo y un cronista habló de él, sino gracias a quienes propiciaron de forma anónima que ese momento se produjera.

Veamos, pues, que la realidad no siempre tiene que ver con la valoración social hecha en base a prejuicios, más o menos aceptados, y a la propaganda de turno (sea esta transmitida en pergamino o en redes sociales).

Tomo como punto de partida para esta plancha la Conferencia dada por el Doctor en Antropología y militante anarquista David Graeber “La Rebelión de la Clase Cuidadora”

Retoma la idea de una de sus obras más famosas “Trabajos de mierda: una teoría” (sí, pudo haber sido más elegante, pero de seguro nunca podría haber sido más claro). En ella se explicaba como en la actual sociedad capitalista (capitalismo tardío o postcapitalismo, dos vocablos cada vez más utilizados) existen multitud de trabajos meramente burocráticos, de intermediación o publicitarios que, en realidad, nada aportan a la sociedad y, sin embargo, son los mejor pagados y mejor valorados socialmente; por el contrario, aquellos que producen tanto en el sentido material como en el inmaterial (empezando por campesinos y obreros fabriles, y continuando por cuidadores, docentes y sanitarios) están peor pagados y, en la mayoría de las ocasiones, gozan de menor prestigio social.

Si lo miramos fríamente, es insultante que un señor que se sienta en una mesa a debatir sobre temas varios (la mayoría de las veces sin formación específica, pero que no le hace ascos a opinar de la pandemia hoy, de la guerra de Irán mañana y, llegado el caso y previo pago, sobre las “obras escritas” de Sócrates) tengan unas abultadas cuentas bancarias mientras los enfermeros en Canarias se ven obligados a vivir en caravanas (claro que aquí se une el salario bajo con el precio excesivo del alquiler o la venta de inmuebles causado, todo sea dicho, por parte de los que tienen lo que Graeber llama trabajos de mierda, llamados por el común de los mortales especuladores y, por los economistas, inversores). Sí, como pudisteis adivinar, Graeber da el escatológico adjetivo no al trabajo penoso, sino al inútil.

Si en su libro (extensión de un ensayo de carácter lúdico y con intención de provocar) “Bullshit Jobs: A Theory” Graeber se dedica a diseccionar el sistema capitalista y su ejército de trabajadores cuya labor, de no ser directamente perjudicial socialmente, es inútil; en esta conferencia se centra en su contraparte, aquellos sobre cuyos hombros recaen las labores que permiten que nuestras sociedades funcionen y los ciudadanos tengan una calidad de vida aceptable. Se centra en la clase cuidadora, esa en la que no nos fijamos. Como ejemplo de esto último, quiero haceros partícipes de mi sorpresa cuando comencé a trabajar en Seguridad Social y me di cuenta de que la mayoría de mis compañeros no se sabían el nombre de la limpiadora que estaba con nosotros unas tres horas al día, por el contrario, se conocían los nombres de técnicos de la Dirección Provincial con los que, a lo sumo, hablaron una vez en un curso impartido hacía años.

Sin embargo, esta “clase cuidadora”, tradicionalmente invisibilizada y precarizada, está protagonizando una rebelión social y política para exigir reconocimiento y mejores condiciones, cuestionando el modelo económico actual y proponiendo un cambio hacia una sociedad centrada en los cuidados.

La pandemia de COVID detuvo el mundo y reveló quién sostiene la vida. No eran los ejecutivos ni los brokers: eran las enfermeras, las limpiadoras, las cuidadoras, las cajeras (sí, mayoritariamente en femenino). La pandemia fue un espejo. Y el reflejo fue incómodo. Desgraciadamente, terminada la pandemia, terminaron los aplausos (más simbólicos que capaces de mejorar su situación) en el balcón y, poco a poco, volvieron a invisibilizarse. De nuevo, dejaron de ser héroes y volvieron a las sombras sociales.

Sin embargo, algo había cambiado, un pequeño pero determinante murmullo destinado a convertirse en grito. Ellos mismos, desde la limpiadora que antes se consideraba una fracasada hasta la enfermera que antes ponía vías sin ser consciente de su papel en el soporte de la vida, tomaron conciencia de su relevancia social, entendieron que, al margen de lo que la sociedad considerase, de los prejuicios hacia determinadas profesiones y del nuevo boom de vendehúmos y snobs que si mañana desaparecieran no lo notaríamos salvo por el descenso de actividad en redes sociales y plataformas audiovisuales, eran ellos, los cuidadores, los que, si un día decidiesen no volver a trabajar, paralizarían todo (incluso a César, si se quedaba sin cocinero)

Conscientes de su papel esencial, comienzan a movilizarse, reclamar derechos y exigir políticas públicas que dignifiquen su trabajo (antes ya habíamos asistido a algunos conatos, como sucedió con el sector de las camareras de piso). Todo ello, puede provocar, a la postre, un cambio profundo del modelo económico hacia otro cuyo eje central sean los cuidados y el bienestar. Esta vez, los plebeyos no se atrincherarán en el Aventino para hacer capitular a los patricios ni la guillotina se erigirá en el medio de la Plaza de la Revolución (hoy, en tiempos menos sangrientos, llamada Plaza de la Concordia), pero serán, igualmente, agentes del cambio.

Pero si entendemos por “cuidados” toda actividad esencial para sostener la vida (desde cuidado de niños y ancianos a tareas domésticas y de limpieza de lugares comunes), debemos incluir no sólo a trabajadores que reciben un salario, sino también a aquellos que no lo reciben y que, en la mayoría de los casos, ni se les considera tomo tales. Recordemos los DNIs durante el franquismo y la expresión “sus labores” en profesión; “sus labores”, en tercera persona del singular, porque eran los propios de ella (ignoro si alguna vez se lo pusieron a un hombre) aunque en la casa comieran todos y viviesen todos.

No en vano Silvia Federici, intentando romper con esta vinculación de lo doméstico y lo femenino como acto natural, afirma: “el trabajo doméstico no es un acto de amor, sino un trabajo que ha sido naturalizado para ocultar su explotación”. Creo que nadie se sorprende con la ya famosa estadística de que las mujeres dedican 15 horas más a la semana (el equivalente a dos jornadas de trabajo más) al cuidado y al trabajo doméstico que los hombres. Si ya es sangrante la estadística semanal, a más de una le dará ganas de “colgar el delantal” si hace el cálculo anual (780 horas, 32 días y medio más que la media del tiempo dedicado por los hombres). Además, a nivel global, el 76 por ciento del trabajo no remunerado lo hacen mujeres. Y lo peor de todo, ni siquiera se considera un trabajo (en Occidente se empieza a reivindicar desde hace pocos años, dudo mucho que en otras zonas del mundo comenzaran siquiera a planteárselo).

Decía Karl Marx que el trabajo doméstico era esencial en el modo de producción capitalista ya que, si bien no producía bienes y servicios, era el que aseguraba la reproducción, es decir, la fuerza de trabajo que producía los bienes (tuvo la suerte Marx de no ver como ahora, en lugar de reproducir bienes, reproducimos criptomonedas; y menos mal, pues ni en el Manifiesto Comunista ni en la tumba del filósofo quedaría demasiado bien la premisa “Criptobros de todos los lugares, uníos”.

Esto que el filósofo alemán sólo entrevió y nunca desarrolló, algo que siempre sospechábamos, se hizo evidente en los últimos años. En la COVID, como indiqué anteriormente, vimos cuáles eran las profesiones imprescindibles; y a medida que la media de edad de la población del viejo continente se eleva o las crisis reducen los ya maltrechos servicios públicos, se hace más visible la importancia de los cuidados en el ámbito doméstico.

El hecho de que las labores domésticas (tradicionalmente atribuidas a la mujer, y hasta hace poco únicamente desempeñadas por mujeres) no sean remuneradas no significa que no tengan un valor económico. De hecho, la propia ONU reconoce que suponen una proporción considerable de la economía, En países como España, si se contabilizara a precio de mercado, supondría un 40 por ciento del PIB. Me recuerda esto a una Sentencia de un peculiar juez de Primera Instancia de Ourense, Olegario Somoza, que, cuando en un divorcio el marido protestó porque no consideraba justo que la mujer se quedase con buena parte de los bienes ya que nunca había trabajado, decidió contabilizar lo que tendría que pagarle si fuese una persona contratada por horas para cocinar, limpiar, cuidar hijos, cuidar mayores…. luego descontó manutención y gastos varios; el resultado arrojado hizo que el marido aceptase la sentencia sin rechistar. Ignoro si el asunto fue o no a segunda instancia, pero lo cierto es que, al menos en esta ocasión, Don Olegario fue un adelantado a su tiempo.

Hago mías, en este caso, las palabras de la economista Fraser cuando indicó que el capitalismo depende fundamentalmente de actividades que no reconoce ni remunera plenamente. Aquellos que hacen posible la reproducción y la vida o bien son mal remunerados o no lo son en absoluto; rara vez son el centro de políticas públicas y casi nunca son reconocidos como imprescindibles.

Sin embargo, esta clase cuidadora marcada por malos o inexistentes salarios, la inestabilidad laboral, la falta de derechos laborales y una escasa sindicalización, poco a poco, deja de ser víctima y se convierte en sujeto de transformación (ya hemos asistido a las reivindicaciones de las Kellies, de los trabajadores de geriatría, de educadores infantiles ….) poco a poco, se identifican como colectivo con los mismos intereses, reconocen el valor de su propio trabajo y se organizan. En ello influyeron las corrientes obreristas y, al ser un colectivo enormemente feminizado, el feminismo (que a la pregunta de qué pasaría si el cuidado se detuviese, responde con contundencia “el mundo se detendría”).

Las reivindicaciones de la clase cuidadora se pueden agrupar en varios tipos: reconocimiento como trabajo esencial que es y su consecuente medición en indicadores económicos, redistribución (tanto entre hombres y mujeres como entre familias, estado y mercado); salarios dignos y consiguientes prestaciones, servicios públicos de calidad de atención a la infancia, a la dependencia y a la tercera edad; sanidad pública y de calidad…

Una solución realista a la crisis de los cuidados supondría una transformación progresiva que comenzaría por una mejora de las condiciones en las que se prestan los cuidados y su reconocimiento para, en una segunda fase, desarrollar un robusto sistema público; todo ello desembocaría en un replanteamiento del modelo económico.

Actualmente, se valora más la acumulación que la vida, sin embargo, no hay economía ni acumulación sin vida; no hay producción sin reproducción y, por ende, no hay capitalismo sin cuidados. Por ello, quizás, sería necesario empezar a repensar la sociedad en donde lo más importante no sea el beneficio económico, sino la vida que lo hace posible.

El debate sobre los cuidados no es sectorial, no es tampoco únicamente una cuestión de género, clase u origen (hoy muchos cuidadores remunerados son extranjeros), estamos ante una cuestión que implica plantearse la organización social y sus prioridades. Asistimos a tiempos convulsos en donde las potencias se reparten el mundo, en donde los grandes (y mediocres) discursos imperan, y corremos el peligro de perder de vista lo menos ostentoso pero lo más esencial ¿cómo garantizar todo aquello que sostiene nuestra sociedad?, o, para terminar como empecé, ¿cómo hacer que el cocinero de César siga cocinando y así, con la barriga llena, pueda cruzar el Rubicón?

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